martes, 17 de octubre de 2017

Silvia Favaretto



Porque así de ciego es este río
Enamorada de un empleado de librería: así tenía que ser, desde el principio. Porque la verdad es que con todo lo que me gusta la lectura, mi mundo podría estar tranquilamente encerrado entre las tres paredes verde oscuro y la enorme vidriera de la librería central. Es que este chico es hermoso: los ojos claros, ligeramente demasiado alejados, los labios como dibujados, parece algo tímido, sonríe poco, casi no abre la boca al hablar, pero esa mirada sí que lo dice todo. Llevo días ya, desde que metí por primera vez el pie en esta tienda, de mirarlo, a escondidas, a unos pasos del mostrador, pero oculta tras los libros que abro y consulto al azar para que no me vea la cara. A lo mejor ni siquiera haría falta porque él no se da cuenta de nada, o se hace el boludo. No sé, pero esa cara de desprevenido le sienta bien. Me gusta tanto que hoy he decidido acercarme y pedirle un libro, pero no un libro cualquiera, las primeras palabras que intercambiemos quiero que sean bendecidas por la presencia de uno de mis autores favoritos de todos los tiempos: Julio Cortázar. Me acerco con las manos sudadas al mostrador y, cuando él termina de darle el vuelto a la señora de al lado, apoya su mirada sobre mí y me tiemblan las piernas por lo lindo que se ve. Es así que le suelto un “estoy buscando "Historia de cronopios y de famas” con cierta complicidad en la voz, segura que esas palabras mágicas abrirían un nexo intelectual-espiritual-místico entre nosotros. Sin embargo él, sin cambiar su expresión, mueve sus dedos sobre el teclado de la computadora y escribe algo en el buscador. Me acerco más a su posición, medio aturdida y escudriño que le salen unos pelitos de las orejas, unos pelitos negros que no pegan nada con su pelo rubio que, al parecer, debe ser teñido, como las cejas (un tanto desbordantes). Luego vuelvo mi mirada a la pantalla y veo que escribió “Kordassa”, con ka y todo. Debe pensar en algún ensayista ruso finísimo que yo ni conozco, entonces le repito “No, Julio Cortázar”, mientras noto por primera vez unos granos purulentos en el lado derecho de su nariz, de la que también salen pelitos negros. El tipo, como única reacción, le añade una “r” al nombre que ya había escrito y yo fijo con disgusto sus ojeras negras y los dos dientes de adelante que le faltan, antes de darme media vuelta para no volver nunca más. “Pucha, por eso es que no abría casi la boca al hablar” me dije a mi misma, cómo consolándome, como olvidándome para siempre de ensayistas rusos y criaturas hermosas imaginarias afines.
Del libro Quiero tanto a Julio





Melusine


La última noche de bodas,
lamí una lágrima de mi esposo
y a la mañana siguiente
me desperté con esta aguamarina en la lengua.
(Sumergida en el agua
mi carne conmovida siente
que no hay confín entre
lo que tengo adentro y
lo que tengo afuera).
Llevo la gema colgada al cuello,
me acuerda de lo que soy
y lo que he perdido.
La cadena es larga y
la piedra se apoya sobre el corazón.
A través de la transparencia de la gema,
en sus facetas,
se puede divisar la real consistencia
de mi piel: escamas, de sirena o de serpiente.
Sobre la carne caliente, en la cavidad del seno,
centellea la piedra y brilla la cadena
(de oro blanco y nostalgia)
que la sostiene,
como una sutil cicatriz
que desciende transversal en el cuello y en el pecho,
igual a la encontrada
esa mañana
en el cuerpo de mi esposo.


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