miércoles, 2 de diciembre de 2015

Osmar L.Bondoni

Pintora Anneris Fonsatti


EL SAPUKAY

      



a Francisco Madariaga     
in memoriam     


El mismo sol que en la orilla hizo brillar el hocico del toro y en los esteros el rojo del pico de las garzas y las gotas demoradas del rocío en las flores del irupé relampagueó en el filo del facón del otro cuando desenvainó. Él vio ese refucilo y tuvo que tirar a un lado la vaina de su arma con el tiempo justo para cuerpear y dar el salto atrás cuando el otro de salida lo quiso madrugar. Por eso le miró un reproche duro y sostenido que el otro aceptó porque bajó los ojos reconociendo la falta y así fue que empezaron a entenderse.
Se saludaron, como en pésame, tocándose apenas el ala del sombrero, sin odio y sin desprecio.
Habían llegado a caballo en la mañana, cada uno desde su rumbo, a esa confluencia del destino, unidos por la fatalidad que los dos asumieron con dolor, resignados a tener que pelear porque la perra vida con sus mudanzas mandó que no había lugar para los dos en este mundo. Así se dieron las cosas y había que apechugar. Bajo un cielo sin nubes, uno de los dos tenía que morir en ese día.
Sin apuro, como para siempre, fueron envolviendo el poncho en la zurda, se ajustaron las alpargatas, palmearon a sus ariscos para aliviarlos de extrañeza, dejaron los sombreros en el mismo cardo, y ya en posición hicieron que se tocaran las puntas de sus armas como para bendecir, como para inaugurar la muerte. Retrocedieron dos pasos y empezaron, el arma baja, visteando primero. Tiempo. Finta, empuje y tiro, una y otra vez. Un puntazo que se esquiva, un amague que no engaña, embestida y quite, retroceso, jadeo, ataque y retirada. Y tiempo, más tiempo prestado por esa cruel jornada.
Hasta que llegó una estocada del otro que él pudo parar aunque le dejó una huella, no muy ancha pero profunda, en el brazo de empuñar. Fue la primera sangre, que empezó a gotear sobre la tierra, lista siempre para recibir.
Un asalto y otro y otro, el brazo firme, el poncho en vuelo, la mirada fija, resuelto el paso de avance o repliegue para sobrevivir.
A medida que maduraba la mañana la acción iba revelando las mañas de uno y otro. En cada intento se adivinaban más, no se daban ventaja y cada vez resultaba más difícil llegar hasta la vida de enfrente. El cansancio ya asomaba por las gotas de sudor.
Él resbaló en un momento, apenas, casi nada, pero el otro vio el resquicio y por ahí metió un golpe alto, veloz, astuto, como definitivo. Él pudo evitar el degüello con agónico agache, pero le quedó en la cara un recuerdo hondo de esa estocada y uno de los labios partido en dos. Escupió el dolor y la sorpresa, y un hilo de baba sanguinolenta quedó por un momento ligando su boca con los yuyos.
Al otro también le llegó más tarde la hora de la sangre, porque para una puñalada que se venía asesina no le alcanzó la fuerza del ponchazo y sintió como un frío que se metía cerca del hombro hasta el hueso.
Así siguieron, de ida y vuelta como habían empezado; heridas chicas dibujaban un mapa de cuajarones en los ropajes.
Hasta que al fin con los ojos pidieron y se dieron resuello. Un respeto casi religioso los iba dominando. Él se puso en cuclillas sobre unos pastos secos y a corta distancia el otro se arrodilló resoplando, los dos hermanados por la sangre que parecía no querer dejar de abonar el estero.
Fue entonces, en el tiempo tenso de esa última tregua, de esa última mirada, de esa última lágrima por los dos, cuando como venida de magia, enorme, bellísima, despaciosa, indiferente, apareció la mariposa. La atrajo la brillante mancha roja en los pastos, pero el olor de ese coágulo la espantó, voló hacia arriba y siguió bailando en el aire, bajó, dio un par de vueltas, tanteó desechando enseguida unas manzanillas silvestres y siguió su zigzagueo hacia el convite de las grandes flores que allá lejos flotaban en las aguas quietas.
Ellos la siguieron en su vuelo y fue de esa manera que toparon la mirada con el toro negro guampudo que escarbaba su celo solitario con furia y desesperanza.
Los dos se miraron y se volvieron a entender.
—Tendrá que ser a lo toro.
—Tendrá.
Cuatro ojos turbios y una resolución. Dejaron los ponchos en el suelo, limpiaron la sangre de los aceros, arrancaron pajas y cardos como haciendo una cancha, lenta y concentradamente se hicieron la señal de la cruz y corrieron uno hacia el otro, los párpados entrecerrados y las armas firmes a media altura para la puñalada inapelable y ciega, para la cornada final.
Él tuvo suerte. El acero que vino se enredó primero en los bordados gruesos de la corralera y entró por el costado del costillar, de manera que los huesos desviaron el arma, que siguió sin embargo penetrando hasta quedar clavada y quieta asomando la punta bajo el brazo cuando su dueño aflojó.
Al otro lo llevó la desgracia. La hoja se le hundió libre en partes blandas y subió para alcanzarle la punta del corazón. Ya en el suelo, la vida le alcanzó para encoger las piernas, que después se fueron aflojando despacio, como buscándole paz. Estiró todavía dos patadas cortas contra un cardo joven que así también terminó sus días y se quedó del todo quieto.
Él también cayó, y mordió el pasto para ahogar el dolor. El vahído, el resuello, el vómito, hasta que amainó todo y pudo levantarse.
Alzó la vista al cielo, respiró hondo y miró a sus pies: el otro ya había dejado de boquear en ese catre postrero de pasto que bien hubiera podido ser el suyo, y una gota piadosa de sal corrió hacia la herida de su labio haciéndole sentir que estaba vivo.
Agarró con las dos manos el cabo del facón del otro en un primer intento para desclavarlo, pero el dolor lo acobardó. No podía con el mareo, una y otra vez. Se hincó, apretó los dedos contra la empuñadura, respiró hondo y puso todo lo que le quedaba en un último envión.
Cuando volvió del desmayo el facón estaba entero en su mano y la sangre bajo el brazo había dejado de manar.
Hincado escuchó: un réquiem de pájaros y bichos se levantaba desde los lagunales.
Sobre manchas tibias todavía se santiguó una vez más antes de levantarse.
Tenía claro que nada había sido mérito de su cuerpo arisco o del legado peleador de sus ancestros, sabía que ni siquiera se había hecho justicia en ese desenlace que lo único que estaba enseñando era que al otro lo había señalado el dedo patrón de la presumida suerte que a él mismo durante todos sus años lo había estado esquivando y que ahora le alcanzaba la prebenda o el castigo de seguir viviendo esta vida que tendría en adelante la marca de una muerte, aparcera como la marca de su cara, como las que llevaba en el lomo de los latigazos cuando gurí.
Se agachó como pudo a levantar la vaina que había quedado casi escondida en el remolino de yuyos pisoteados. Guardó el arma en la cintura.
El caballo del otro pastaba cerca. Se le arrimó con cuidado, palmeándole primero el anca, le aflojó despacio la cincha y empujó el recado, que cayó en un ojo de agua para quedarse; acariciándole el cogote llegó hasta la orejera; manso el animal bajó la cabeza; le quitó el freno de un envión y cuando el animal se daba vuelta le pegó un riendazo en los cuartos.
—Andá libre y llevate su alma.
El caballo, como un viento, ganó el bañado, y el hombre, conmovido, lo miraba chicotear en los charcos levantando miríadas de gotas que se irisaban con el sol.
Supo que no podría montar, que tendría que llevar de tiro a su ruano apurando para no llegar tarde al poblado para avisar. Agarró las riendas, se apoyó en el animal.
Sus ojos tropezaron con el cadáver entre los matorrales, y así, recostado contra su caballo, sintiendo latir la vida del animal, empezó a tomar conciencia de que él también estaba vivo. Se sacó ropa, se estudió los agujeros y sintió otra vez la certeza de que estaba vivo, vivo con una vida que seguiría viviendo, y entonces algo empezó a formarse y a madurar en sus entrañas, algo fuerte que crecía y crecía, algo con todo lo que fue haciéndole la vida; algo con los abuelos poncho colorado repechando creencias a chuza y alarido; algo con la infancia dura en la estancia grande, poca escuela y mucha lonja antes de escaparse mayorcito y solo y para siempre peón; algo con el aliento de dos o tres consejos para seguir viviendo; con las tristezas largas y los mezquinos contentos; con los domingos de votaciones, reojo de caudillos y mano a la empuñadura; con sus primaveras para la esperanza y sus otoños para no olvidar; con los madrugones de caña y yerba y la escarcha aventando la soledad bajo las botas; con el recuerdo luminoso del redomón azulejo que sólo aquel maldito rayo pudo pialar; con el sombrero pajizo compañero, tantas veces manoseado en las amansaderas del jornal; con el amigo de los silencios compartidos, perdido para siempre en rodada traicionera; con los velorios del pago, rezo, lágrima y guitarra; con la querencia de las despedidas cortas y las ausencias largas; con el abrazo del monte, cobijo y sustento; con los petates queridos, cada uno un recuerdo; con aquella pollera floreada, delirio y tormento; con el destino de ser hombre cosquilleándole en el corazón tropero; con el cusco cimarrón amancebado camarada de tantas cacerías y que al cabo tuvo que ayudar a morir en una noche de pumas; con las promesas siempre cumplidas en la Itatí de los anhelos flacos; con las noches de arreo, la garúa fría sobre el poncho empapado y el ánima más cerca de las bestias que del patrón; con la contagiosa impaciencia coscojera del pingo dominguero; con el vino compinche, sueños y olvido; con el clavel ofrecido en dos trenzas negras para poder vivir; con la sombra madre de los parrales para aligerar dolores con acordeona y ginebra; con el amor a la intemperie, bicherío y azahares; con el orgullo modesto de haber sido siempre libre, peonando a saltos para no venderse; algo con todo eso, con toda esa vida vivida que iba a seguir viva se fue formando en sus entrañas, subió en catarata hasta la garganta y en grito originario de sangre y de historia y de esperanza inmortal se levantó hacia el cielo testigo resonando en los profundos esteros, y el toro levantó la cabeza y las garzas volaron y se estremecieron las flores del irupé.



Este trabajo, “El Sapukay”, fue premiado en el “Concurso Nacional de Cuentos 50º Aniversario Fondo Nacional de las Artes – año 2008”. Jurado: Griselda Gambaro, Silvia Iparraguirre, Luis Gusman. Integró la antología que editó el Fondo con los diez cuentos premiados.

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