martes, 9 de diciembre de 2014

Diego Arandojo (Argentina)

 Benito Xul Sular-dibujo de Diego Arandojo


 Los perros se alimentan de tu ego.

Por eso no juegues al I Ching; destrúyelo con tus pensamientos.

Afuera de tu casa hay un cadáver gris.

Todo el oro del mundo es idéntico al bostezo de Dios.

¿Para qué correr? El cuchillo alcanzará, tarde o temprano, tu espalda.

SANGRARÁS.

Tres veces.



sé un árbol

sin frutos - pero con raíces largas y profundas

sólo entonces podrás
engendrar la vida y los frutos - brotarán - y se elevarán

hasta que la diosa los mastique

y dé
luz al mundo

última luz - amarga

 
PUJA

Afuera llovía. Dentro de mí ardía. El fuego y el agua eran hermanos. Se besaban. Hacían el amor para no olvidar
            Las gotas destrozaban la ciudad. Los edificios recrudecían. Las avenidas se pudrían.

            –¿Hasta cuándo? –pregunté, observando el cielo desde la ventana de mi humilde apartamento.

            Nadie respondió. Ni siquiera el asqueroso viento que intentaba entrar por las paredes.

            Afuera llovía. Dentro de mí yacía el dolor más profundo: ayer enterré a mi esposa. Vivo una pérdida irreparable.

            Mientras las gotas destrozan mi ser, lo humedecen hasta el borde de la liquidez, hay un sorteo en mi alma: sigo vivo o fallezco. Reencontrarme con Ella o buscar Otra. ¿Será posible?

            El amor lo tengo escrito en mis dedos. Aquí. Miren. Esta mano no es una mano. Es una llave. La puerta ya no está. O sí; bajo tierra, a seis metros. No me atrevo a profanarla.

            Olvidé cómo me llamo. Prefiero deambular que trabajar. Mis días son idénticos. Aburridos. Solemnes.

            Los ahorros han desaparecido. Vivo a la intemperie. Mendigo. Y pensar que fui ingeniero civil. Ahora un indigente más.

            –Inútil, te odiamos –masculló un adolescente, acompañado por una troupe de amigos.

            ¿Qué podía responder? La verdad. Siempre.

            –Tienen razón –expresé, con mis labios secos, frágiles copas de músculo azulado.

            –Te ayudaremos –dijo otro de los muchachos, extrayendo algo de su chaqueta.

 

            Me apuñalaron. Reiteradas veces.

            Qué ironía.

            Cuánta lujuria suelta, nómade perra que pones el pecado en el mundo.

            Sálvate. Déjame morir.
            Desperté dentro de la ambulancia. Ahí la encontré. Era una paramédica. Susan. Bella y respetuosa. Sabía usar las manos.

            –¿Quieres…? –pregunté.

            La mujer se aproximó.

            –¿… salir conmigo? –concluí.

            Susan sonrió


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